Sólo es tuyo, hermano, lo que eres.

Lo que tienes, lo que compras
y lo que guardas de los ojos del que envidia
es algo que hoy estará contigo
y mañana como el viento se irá.

No se mide al hombre por lo que posee…
se mide por lo que puede dar.

Mensaje dirigido a su hermano:

Israel:

¿Recuerdas cuán difícil nos fue sobrevivir
a aquellas leyes injustas
que los gobernadores de la ocupación nos obligaron a aceptar,
bajo pena de tortura o despojo de nuestros pocos bienes
y cómo nos vimos obligados a esconder
nuestras más preciadas posesiones
en oquedades hechas en las paredes o el suelo,
y después hábilmente ocultadas para evitar el saqueo
y expolio de aquello que era nuestro…?

Y con qué angustia observamos a los miembros del Sanedrín
hacer entrega de los exvotos del templo
con tal de preservar sus vidas y riquezas.

Aún recuerdo cuando los soldados llegaron a mi taller
y luego de destrozar todo mi trabajo,
todo el pueblo se había agolpado callado para observar la escena
y yo levanté una manta y saqué de ella los clavos y martillos
y también los deposité en frente de ellos,
junto con madera, dos sillas y mi manto
del que me despojé y tiré a los pies de los soldados…

El que comandaba la ronda de soldados me miró insolente
al ver lo que hacía y dijo con burla:

¿ Acaso piensas dejar morir de hambre a tu esposa y a tus hijos?

Yo le miré a los ojos y le dije sin ningún rasgo de temor,
a pesar de que sabía que podían azotarme allí mismo
frente a los ojos de mi madre y mi hijo:

En verdad te digo, que mi Padre no me dejará morir de hambre,
ni a mis hermanos, porque de ser necesario,
hará manar leche de las piedras y miel de los árboles.

Pero no podré decir lo mismo de ti y los tuyos,
pues podrás llenar miles de habitaciones como esta
con nuestros tesoros
y los de todos los pueblos donde ustedes saquean

y aún así sentirás la miseria.

Y podrás paladear los manjares más exquisitos,
libar el más precioso de los vinos…
y aún así tendrás sed y tendrás hambre,
porque está escrito:

Que el hombre que pesa su corazón en la balanza
y según esta medida ama a su prójimo…
en poco o nada será valorado por sus hermanos
y cada vez su corazón pesará menos.

Pues es el amor del hombre su única bienaventuranza y riqueza,
el único don que puede ser libremente entregado en demasía,
pues es tal la riqueza de su fuente,
que mientras más extraigas de su fondo,
más y mucho más recibirás en cambio…

El soldado se plantó frente a mí, amenazante
y con el mismo tono de burla… me dijo:

A ver:

¿Qué tanto podrá comer tu hijo, de tu pozo de amor,
cuando no tengas un denario
con qué comprar harina para el pan de tu mesa?

Y yo respondí:

Escrito está que ni un pájaro, ni una flor
perezcan de necesidad ante la vista indiferente del Padre.

Y si no tengo herramientas para hacer mis puertas y bancos,
los haré con piedras y palos.

Si no los tengo… los haré con mis manos y mis pies…
pero nunca me oirás decir:

¡Ay de mí que he perdido un bien material!…

pues una montaña de oro, no vale una sonrisa sincera,
y la más preciada de las joyas,
no compra el respeto que el hombre de bien tiene por sí mismo
así como el más caro perfume
no esconde el olor de la inmundicia.

Así el acumular bienes no esconde la soledad,
ni la infelicidad, ni el triste vagar de los ojos
de quien no tiene unos ojos que lo miren con amor,
ni sobre quien posar los suyos.

No se mide el hombre por lo que posee,
se mide por lo que puede dar.

Es rico el que da y no voltea a llorar sobre lo que dio,
pues es su gozo tan grande
que ya es en sí, una riqueza este gozo…

Y sólo necesita el hombre poca cosa para existir en paz,
pues no es toda necesidad de los ojos, una necesidad real…

No distingue la piel con frío, entre la burda lana
y el costoso abrigo de la marta.

No distingue la boca con hambre,
entre el pan casero recién hecho
y el más dulce y elaborado de los manjares…

Pero ay del hombre que con sus acciones
no es ya capaz de sentir sincero amor por sí mismo,
sincero respeto por sí mismo…
para poder dar a su hermano amor y respeto.

Pobre de aquel que
aunque teniendo mil cabras lecheras y diez hornos de pan…
cuya riqueza relumbra a lo lejos
y es su lecho de finas pieles y suave seda…
no tiene nadie con quien compartir este pan,
ni amor sincero con quien compartir su lecho.

Éste y no otro, es el más pobre de los hombres.

Así es que si en verdad
produce felicidad en ti
el despojar a mi pueblo de lo que tienen,
pues llévatelo todo hermano…
que a nosotros no nos faltará amor para darnos,
ni abrazos para alejar el frío, ni fuego en nuestros corazones
para volver a empezar cuando así sea necesario.

Los soldados se quedaron escuchando todo esto en silencio,
y el jefe de la guardia tomó del montón de cosas a sus pies,
sólo algunos clavos y un escoplo.

Sin verme salió de mi taller,
y ya en la calle le escuché decir a sus soldados:

Grande es en verdad la fe de este hombre y los suyos,
en Aquel a quien llaman su Padre…
que están dispuestos a enfrentar
la más oscura de las adversidades en su nombre…
sin dejar que la pena ni la tristeza
sean más fuerte que su amor por él.

Quiera la vida que algún día, yo pueda sentir lo mismo.

Y se marcharon en silencio.

Todo el pueblo se acercó, sin atreverse a decir una palabra,
algunos me brindaban sonrisas, otros palmeaban mis espaldas.

Ya tarde esa noche llegaste a mi taller donde trabajaba
y me preguntaste:

¿En verdad no temiste a los azotes
o a que destrozaran todo esto,
y dejaran a tu esposa y tu hijo en la miseria?

Y tardé un poco en responder…
pues no hallaba las palabras para hacerlo…
porque podía hablar con todos,
pero no con mi hermano menor
que preguntaba no sólo con los labios
sino también con los ojos…
y preguntaba con el corazón.

Tomé un trozo de madera aún con la corteza y te pregunté:

Israel,
¿qué será este tronco después de que pase por mis manos?

¿Será parte de la silla de Samuel,
o el cucharón de Betzaida,
el cuenco de Shaine,
o parte de la rueda del carro de algún publicano?

¿Díme qué será este tronco Israel?

Y te quedaste pensando, y al final dijiste:

No hermano,
realmente no sé para qué propósito estará destinado este tronco
sólo tú lo sabes…

¡tú eres el carpintero!

Así que yo soy el carpintero, y yo tomo este tronco,
le quito la corteza, lo corto, lo rebajo y lo labro
hasta convertirlo en aquello para lo cual estará destinado
hasta el final de sus días de utilidad.

Así pues, si es cuenco no podrá ser una rueda,
y si es una rueda, no podrá ser un cucharón.

Cada cosa tendrá su misión
y habrá de cumplirla según el grado de destreza
que demuestre en su hechura el carpintero.

Así el Padre nos ha hecho
a cada uno de nosotros según su designio…
amorosamente nos ha labrado
y ha soplado en nosotros su Don de Vida.

Así el Padre nos ha hecho partícipe de su destreza
y cuan diestro carpintero
nos ha preparado para una misión en los días de vida,
y no otra, sino la que nos corresponde con nuestra hechura,
y como parte del conjunto de los otros seres hechos por su amor.

Ninguno de nosotros podrá, aunque así lo desee,
comprar una misión distinta a la nuestra,
y ninguno de nosotros podrá atesorar bienes o riquezas
lo suficientemente grandes como para hacer que este tesoro
pueda ser más importante que la misión.

¡Claro que temía a los latigazos!

¿Acaso no arde mi piel igual que la tuya
y sangra y duele igual?

¿Acaso no amo a los míos con el mismo amor
como tú amas a los tuyos?

Amo a mi hijo infinitamente y lo sabes…
pero no podía dejar que el temor
o el amor a un bien material
me hicieran apartarme ni un pulgar de mi misión…

y ella es:

Llevar el mensaje del amor del Padre
a todos aquellos que así lo necesitan.

Puedes imaginar a alguien más necesitado del Amor del Padre
que esos soldados
y si me hubieran azotado,
aún así me habría levantado para hablarles
de lo que es realmente necesario y lo que no.

Y lo que es realmente grande en esta tierra,
es el Amor.

Y si amamos, sin preguntar a nuestro hermano
que recibe este amor en profusión, y así lo da,…

¿Es justo entonces que no hagamos llegar este amor al enemigo,
que más que nadie lo necesita porque cree que es distinto de ti?

Él, cuya noche es oscura
porque no puede ver la luz a través del odio-

El, más que nadie necesita nuestro amor,
nuestra oración y nuestra fe en que,
en algún momento rasgará la venda
del dolor de la separación
que cubre sus ojos.

Entonces verá que nunca ha estado separado ni de ti,
ni de mí,… ni del Padre que mora en todos
y cada uno de los seres de la Tierra.

No temas perder un bien, un objeto, una moneda, una joya…
sólo son cosas, que como todas las cosas,
son como la arena del desierto
que se adhiere a tus sandalias aquí
y termina quién sabe donde.

Sólo es tuyo, hermano, lo que eres.

Lo que tienes, lo que compras
y lo que guardas de los ojos del que envidia…
es algo que hoy estará contigo y mañana como el viento se irá.

Pero lo que eres,
aquello para lo cual te hizo el divino carpintero,
eso es realmente lo que tienes.

Y es el más grande tesoro porque tienes en él,
el don de la vida, y el Amor del Padre…
que mientras más lo des a tu alrededor,
más grande lo recibirás.

Tomé el aserrín que estaba en el suelo y te lo enseñé.

Esto Israel, es lo que queda del tronco
una vez que ha sido labrado…
y es todo lo que sobra de él,
lo que no cumple una función en el objeto.

Es como aquello que nos empeñamos en llevar cuando viajamos
y que nos obligamos a abandonar
porque nos hace difícil el camino
y se vuelve una carga penosa.

Y así vamos por la senda, siendo el cucharón o la rueda,
hasta que termina nuestra misión de vida
y entonces no importa cuantas veces
como cucharón haya sido lavado en el río,
o decorado para la novia,
o introducido en el vino más delicioso,
una vez terminada la misión,
lo que pudiste atesorar queda contigo
y vuelve a la tierra.

Pero el amor que diste,
el buen momento que compartiste,
el abrazo sincero,
el amor en los ojos del niño,
el dulce sabor de un beso…

y el inmenso amor que recibiste de todo el mundo,
de la tierra que acompañó tus pasos,
del aire que acarició tus cabellos,
del agua que mitigó tu calor y calmó tu sed…
del pájaro que acompañó tu camino
y la flor que alegró tus ojos…
todo este amor se va contigo

y pasa a formar parte de esa tu esencia,
tu chispa de luz…
y te acompañará por siempre.

Ay Israel, dile a los hermanos
que ya es hora de despojarse de aquello
que aunque parece joya del más fino oro,
atado alrededor de sus cuellos
se vuelve al final tentación malvada
para el desdichado que la mira,
y pesada cadena de galera
en el cuello del que la hace
más importante que a sí mismo.

Diles que no hay brillo más precioso
que el amor que brilla en los ojos del amigo,
ni fragancia más refinada
que el olor de la presencia del amigo
que llega pronto a visitar tu casa.

Háblales de que al abandonar aquello
que sobró del trabajo del carpintero,
no pierden riquezas,
mas bien ganan ligereza de mente
y amplitud de corazón.

Diles que no deben llorar
por aquello que no pueden comprar o que perdieron…
pues como el viento, los bienes materiales son…
y llegan al alba y te abandonan antes del anochecer.

Que acepten de buen grado
la riqueza cuando llega fruto del trabajo
y quizás de algún afortunado azar,
pero que la acepten como algo que llega y se va.

Puedes deslumbrarte con la hermosa visión de una gema preciosa,
pero nunca puedes amarla,
pues es un bien material que llega y se va.

Pero la mirada luminosa del amor en los ojos del ser querido,
permanecerá en tu ser para siempre…
como una dulce emanación del Amor del Padre.

Israel, cuando en los ojos del que mira hay amor real,
profundo y universal,
cada piedra y cada hoja
se transforman en un bien único y precioso.

Pero cuando en la mirada sólo hay avaricia y deseo de posesión,
entonces lo puro y hermoso desaparece y es sólo el brillo
de lo material lo que tu ojo te muestra.

Y aún cuando sea tu casa reflejo de oro
y esté llena de los más codiciados bienes…
si no hay amor en ti y en tu entorno…
serás el más pobre de los hombres.

Te quiere, tu hermano,

Emmanuel.

No se mide al Hombre por lo que Posee

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