Es el reposo al hombre,
lo que el aire a sus pulmones.
No puede existir el uno sin el otro.
Cambia el hombre con los días,
como lo hace la tierra
y así mismo cambia la vida.
Se ha dicho que la sabiduría del hombre
es amplia como el mar,
pero estrecha como el cuenco en el cual toma su leche.
Y entonces:
Así como grande es la capacidad del hombre para entender,
grandes son las cercas que el pone a su entendimiento
hasta el punto de no entender
ni ver
ni saber
mas allá de aquello que sus ojos pueden ver.
No existe nada como secretos ocultos en la creación
que el hombre no puede ver o entender.
No existen árboles sagrados,
ni umbrales cerrados para el hombre,
ni umbrales prohibidos
ni sabidurías vedadas.
Lo único que limita el entendimiento del hombre
es su camino de evolución.
Y está escrito que el camino de evolución de cada ser,
tiene su día, su tarde y su noche,
y al amanecer
el ser es limpio y claro como la luz de la mañana.
Y a medida que camina su senda
comienzan a aparecer los colores y los matices.
Y al anochecer estos se pierden
o se transfiguran
con la luz tímida de la luna,
para reaparecer nítidamente
al siguiente día.
Debe el hombre entonces bendecir la mañana,
que abre sus ojos a la luz y le inicia en el camino.
Y la tarde que le permite sentarse a reflexionar
sobre la senda andada,
sobre lo conocido y lo aprendido
y sobre lo que cada paso ha marcado en su ser.
Y debe el hombre agradecer la noche,
que aunque llena de misterios para el que vive en el temor,
es el punto de descanso
para el que ya viaja en la senda del conocimiento.
Reposa el hombre su cabeza y su cansado cuerpo
mientras en su memoria se fijan los recuerdos,
los conocimientos y las verdades,
las enseñanzas y las lecciones,
los sentimientos y los sueños.
Y al amanecer todos ellos ya formaran parte de el
y continuaran con él en el camino.
Porque como ya se ha dicho al oído del discípulo:
Es el reposo al hombre, lo que el aire a sus pulmones.
No puede existir el uno sin el otro.
Y así el camino es el caminante
y aunque este se detenga,
el camino interior continua…
hasta llegar allí al punto que el caminante eligió
como punto final de esta identidad
y punto de partida para la siguiente.
Cuentan de un hombre muy cansado
que una mañana decidió
no querer seguir el camino entre las montañas
que había elegido como vía hacia su sabiduría.
Y habiendo hallado un hermoso valle entre las colinas
edificó allí un pequeño refugio
y se dedicó a vivir solo del agua buena del río que cruzaba el valle
y de los frutos que los árboles generosos le ofrecían.
Una noche, mientras oraba
agradeciendo el bello día que había disfrutado,
sus ojos pudieron divisar a la luz de la luna,
el cuerpo de un hombre arrastrado por el río.
En seguida se acerco a la orilla
y luego de mucho luchar,
puso sacar al hombre apenas con vida del agua.
Miro sus ropajes y supo que era un soldado.
¡Un soldado!,
uno de aquellos que le habían hecho odiar la vida,
que le habían empujado a alejarse de su desbastada aldea
y subir a las montañas en búsqueda de la sabiduría y la paz.
Pensó en arrojarle nuevamente al agua,
pero si así lo hacia no habría más paz en su corazón,
pues el peso de la culpa le haría más difícil sus días
y perdería la tan anhelada paz de la que disfrutaba.
Pensó en alejarse y dejarle morir,
pero con el frío de la noche y los animales nocturnos,
era lo mismo que arrojarlo al río.
Largo rato pensó
y fue aquella noche…
noche de recuerdos
de los días terribles que había abandonado.
Y llegaron a sus ojos las visiones de su aldea destrozada,
del abuso del que había sido objeto
su ahora desaparecida familia
por parte de los soldados.
Pensó que injusta era la vida,
que hasta allí en su pequeño valle,
le había perseguido con su guerra y sus soldados.
Lloró amargamente
sobre los recuerdos que creía ya olvidados.
Lloro sobre la rabia y la desesperación.
Temió por su vida,
pues al despertar el soldado,
lo más seguro seria que blandiera su espada
que aun inconsciente agarraba con fuerza y lo matara.
Trato de quitarle la espada varias veces,
pero estaba atada a su mano con fuertes ligaduras.
Finalmente lo cobijo con hojas,
encendió un fuego cercano
y se sentó a esperar la muerte,
allí,
al lado del que sería su victimario
pues no quería seguir huyendo,
pues bien pronto entendió que la guerra
y los recuerdos le seguirían a donde fuera.
Al mediodía el soldado despertó…
hallándose cobijado por plantas y con fuego a su lado.
Supo que alguien le había salvado.
Viendo la figura del hombre
que mansamente recolectaba frutos en los árboles
se sintió profundamente agradecido
y al verle tratar inútilmente
de alcanzar los frutos de un árbol alto
se levanto,
blandió su espada y de un solo corte bajo la rama.
El hombre al ver al soldado con su espada
se preparo a morir,
pero cuando vio caer la rama
supo que no era ese su momento.
Se volvió a ver la cara del que creía su verdugo
y solo halló el rostro agradecido de un muchacho,
que entre lagrimas le confesó el haber huido de su tropa
porque ya no podía soportar
la visión de las aldeas arrasadas
y del dolor que su gente causaba entre los pobres.
Cayó de rodillas ante el hombre
y le agradeció profundamente por su vida,
a la vez que le pedía
acompañarle el tiempo suficiente para recuperarse
y seguir su camino en busca de la paz y la sabiduría…
que solo el olvido le traería.
Solo en ese momento el hombre entendió
que la sabiduría no estaba en huir de los recuerdos…
pues ellos siempre volverían.
Ni en huir de la guerra…
si la guerra aun moraba en el.
Ni en esconderse para hallar la paz…
pues la paz solo nacía de adentro,
no de afuera del hombre.
Así se lo dijo al soldado
y este le considero sabio…
aun cuando el hombre en ese momento
se consideró el mas ignorante de los hombres,
pues había pensado en matar
a aquel ser lleno de dudas y tristeza
que se parecía tanto a él,
como todos los hombres entre sí.
Es por eso que hoy te digo,
que no es sabio el hombre que en circunstancias buenas,
deja fluir de su boca palabras buenas.
No.
La sabiduría del hombre
no tiene el tamaño de la boca del hombre que la comparte,
sino el tamaño del corazón,
de la mente,
de la reflexión de la cual ha nacido,
del oído, la mente
y el corazón que la reciben.
Es tan inútil el hombre sabio
que se esconde en una cueva
y espera la llegada de alguien
con quien compartir su conocimiento,
como lo es la lámpara abandonada
en la estancia vacía.
Se ha dicho que el hombre nuevo,
tendrá sabiduría nueva
y que las viejas palabras que hoy nos suenan sabias,
no tendrán sentido para el hombre sabio del nuevo día.
Por muchos días,
los hombres que florezcan sobre la tierra desolada,
buscaran el consuelo en las viejas palabras,
el amor en los viejos poemas
y al Padre en las antiguas plegarias.
Pero no hallaran ni el consuelo,
ni el amor, ni al padre,
hasta que sus propias bocas que se resecaron con la sed,
que sintieron el sabor de sus propias lagrimas,
que sintieron el aliento de fuego
de las llamas que arrasaron sus hogares
y el grito desgarrador de sus gargantas.
Y de sus oídos que oyeron el estruendo
de la caída de aquello que llamaron suyo
y sus manos que trataron inútilmente
de hallar la vida entre las ruinas.
Hasta que todos sus cuerpos y sus mentes
y su hogar interior ahora plenamente encendido y luminoso
aun en la más terrible de las oscuridades,
dejen fluir de sus bocas las palabras nuevas de consuelo,
escriban sus nuevos poemas de amor,
y dejen fluir de sus almas las nuevas plegarias,
las nuevas palabras
y los nuevos nombres con que llamaran al Padre.
Esta escrito que no conoce el universo
nada que pueda llamarse principio o fin,
como tampoco conoce la creación
algo que pueda llamarse vida eterna o muerte eterna,
pues cambiante es el curso de las estrellas,
cambiante es la dirección del viento,
la cara del hombre
la flor que nace
y la mariposa que vuela.
Nunca dos olas rompen en la misma playa.
Y nunca podrás decir
que el hermano que hoy vistes
es el mismo que ayer te sonrió.
Cambia el hombre con los días,
como lo hace la tierra
y así mismo cambia la vida.
Y es sabiduría aceptar
que tal cosa como una eternidad detenida,
no existe.
Antes bien,
se llama sabiduría a aquella facultad del hombre
de entender y admitir los cambios en su vida
y en la vida de todo lo que le rodea.
No puede un hombre por lo tanto decir
que es depositario de la sabiduría del Padre,
pues solo puede decir
que conoce la sabiduría del Padre para un solo momento,
que no para todos los momentos cambiantes de la eternidad.
Pues nada que exista en la creación
esta vedado para el hombre,
y al paso de su pie sobre la tierra
aprende y entiende viejos hechos,
con ojos nuevos y nombres nuevos.
Por eso el saber del hombre cambia de día a día,
y con él, el conocimiento que del Padre a él llega.
Por esto no debe el hombre jamás pensar
que ha llegado al final de su camino,
pues no existe tal cosa
como el final de un camino para el hombre,
pues es este creación en movimiento
y como tal es creado y se crea a si mismo día con día
sin que pueda existir algo que se llame
no movimiento en sus días.
Pues aun cuando su cuerpo ya cesa de moverse
y sus miembros descansan,
el cuerpo sigue cambiando
para volver a ser parte de la circunstancia
y la esencia sigue su camino
hacia el punto de evolución que ella ha aceptado.
El hombre debe crearse a sí mismo,
con la sabiduría que dentro de el mora
y cada nueva experiencia,
cada nueva parte del conocimiento que a él se revela,
forma parte de esta creación constante.
Y debe aceptar esto el hombre.
Es por eso que la palabra antigua
que surgió de las circunstancias
que los hombres antiguos vivieron,
no tendrá más sentido para el nuevo hombre
que los cuentos de niños que escuchamos
cuando ya somos mayores.
Es el hombre punto,
infante,
niño,
hombre,
anciano
y cuerpo muerto.
No debe nadie detener esta senda,
que se cumple para cada ser,
pequeño o superior que mora en la creación.
Tratar de impedir la concepción del punto,
es tan absurdo
como tratar de detener el paso del hombre al anciano
y de este al cuerpo muerto,
pues cada etapa trae consigo una sabiduría especifica
y nadie hay que pueda saltarla u obviarla.
Debe el hombre seguir su senda
como el día su mañana, su tarde y su noche,
pues es esta senda, senda de evolución
y nadie hay que detener pueda la evolución,
pues ella es el sentido final
de la existencia del universo.
No debe pretender el hombre detener el paso de los días,
ni debe pretender el hombre
detener el paso de las estaciones.
Así tampoco puede ni debe intentar detener
el paso de sus etapas de evolución,
pues solo así accede a la sabiduría
y a los dones necesarios
para el cumplimiento de su misión.
Maestro
Amen, amen, amen,
Muy agradecido
Saludos y bendiciones
Infinitas bendiciones por la palabra enseñada y compartida don Mario Gluzman. Dios le guarde grandemente.