Deja hablar al corazon

«Nunca, nunca se debe impedir que sea el corazón el que hable…
porque si lo callas, si lo censuras,
él se acostumbra a dejar de hablar
y llega el momento en que sencillamente ya no puedes sentirlo.
Es que la mente puede mentir, pero el corazón no.»

Dejar hablar al corazón

Mensaje dirigido por Emmanuel…

Querido Israel:

Bien sabes que ya es hora de descalzarse y volver al mar.
Has pasado tanto tiempo en la tierra y cómodamente sentado,
que casi has olvidado lo que es sentir la arena
moverse bajo tus pies desnudos, mecidos por el ritmo del mar.

Bien sabes amado hermano, que ya es hora de hacer aquello
para lo cual has estado listo
desde el día en que nos separamos…

Sin levantar los ojos del suelo preguntaste:

¿Volverás?

Yo sólo pude decirte:

¡No me iré jamás… y seguiré contigo!

Tú te aclaraste la garganta, pretendiendo de ese modo
alejar aquel nudo que pujaba por disolverse en lágrimas,
que tú no considerabas muy «masculinas» ,
pero que tu corazón de hermano no podía represar.

Con la voz muy apagada y sin mirarme…
dijiste en algo que era casi un sollozo,
pero también casi un trueno:

Esperaré tu llamado y te seguiré
cuando así me lo pidas…

Era inútil demorar o alargar la despedida. Pues los hechos
de los hombres tienen comienzo y fin.

Estaba escrito en el violeta de la tarde que amenazaba lluvia
y en el pálido reflejo del Sol mortecino sobre las aguas,
que era el momento de la despedida mortal…
porque ya el tiempo mortal había pasado.

Al igual que a mi Madre, te abracé,
apoyé tu cabeza en mi hombro y susurré:

Shalom en tu oído.

Y me alejé hacia donde era esperado, sin el menor pudor,
para evitar que las lágrimas corrieran por mi cara.

Porque mi corazón mortal hablaba por mis ojos.

Nunca, nunca se debe evitar que sea el corazón
el que hable… porque si lo callas, si lo censuras,
él se acostumbra a dejar de hablar
y llega el momento en que sencillamente…
ya no puedes sentirlo.

Entonces tu cerebro toma el mando, te hace razonar
cada sentimiento y en ese momento la espontaneidad
y la venturosa felicidad de la inocencia, muere…
y es suplantada por aquello que tu cerebro decide
qué es lo más conveniente.

Es que en tu cerebro vive la voluntad personal,
la capacidad de decidir entre lo que es peligroso y no,
lo que es suave o duro, lo dulce o lo amargo,
lo tibio de una piel o lo frío de la muerte.

Él pone en ti los juicios, te da acceso a la inteligencia
y al conocimiento, te hace madurar y evolucionar
para que cada cambio sea entendido y aceptado.

Tu cerebro te da
el don prodigioso del entendimiento.

Es en sí mismo un don precioso, pues alberga
en sus caminos los recuerdos de todas las existencias,
del principio bellísimo de nuestro universo,
te dice que se acerca la primavera, porque ve
las golondrinas anidar y siente el olor del polen en el viento.

Él te hace reconocer entre muchas, la voz amada
y te permite decir las palabras necesarias
para saludar a tus hermanos y llevar mi mensaje.

¡Es tan grande lo que guardas
debajo de la dura caja de hueso
que adornas con tu pelo!

Tu cerebro te hace ser Doctor o Sacerdote, te permite
memorizar las palabras de antaño y aprender las nuevas.

Él es como un cofre valiosísimo
donde los recuerdos de nuestra vida en común
—durante mi paso por la tierra—
están guardados, en espera de que te atrevas a sacarlos,
a mostrarlos, a revivirlos y sin pudor,
a compartirlos con los otros.

No ves Israel, que ellos necesitan saber
que tú también recuerdas.

No ves que ellos necesitan llamarte por tu nombre
y oír los suyos, pero les avergüenza lo que los otros,
aquellos que no vivieron con nosotros los días
del ocultarse de las miradas de los demás
entre las sombras del Shabat, para reunirnos en perfecta
comunión y compartir sin límites de ley impuestos,
el Amor del Padre, como hermanos que éramos,
como hermanos que somos.

Cierra tus ojos, Israel, oye tu respiración y así
en plena conciencia deja que los recuerdos idos regresen
y vuélveme a mirar con esos tus ojos tan profundos,
como lo hiciste aquella tarde.

Querido Israel, dile a tus hermanos
que ahora que el cambio se está operando en ellos,
no deben en ningún momento poner ningún tipo de trabas
a los recuerdos que van a comenzar a aflorar,
pues con ellos además de la memoria de esos días,
vendrá también el conocimiento y los dones.

Sí, ya sé que te preguntarás:

¿Cómo distinguir un verdadero recuerdo
de un juego de tu mente?

Es aquí mi hermano,
cuando debes dejar hablar al corazón.

Sabrás cuando habla tu mente
creando paraísos de sueños,
cuando tu corazón permanezca impasible
ante la evocación del sueño,
ante el mundo imaginario que tu mente crea.

Pero cuando lo que tu mente evoque sea un recuerdo…
sentirás tristezas y alegrías,
sentirás cómo el don fluye por tus manos
cómo la luz de aquel Sol quema tu rostro
y el viento refresca tu piel.

Es que la mente puede mentir,
pero el corazón no.

La mente nos hace ver lo bello
y conveniente de una situación, pero el corazón…
ese niño travieso que salta en el pecho
que a veces ahoga en risas y otras en llanto…
él no se deja convencer.

La mente te grita en el oído que tal o cual situación,
que tal o cual persona o lugar
son bellos y convenientes a los ojos de los demás…
pero son indiferentes o provocan dolor
o generan incertidumbre en el corazón.

Es la mente quien dice qué debes dar y cuándo darlo…
porque el corazón da sin medida cuando así se requiere,
se abre a la dicha o al dolor cuando es necesario
para indicarte que está vivo, pero se cierra y se esconde
cuando quieres forzarlo a aceptar lo que es bueno
y conveniente para tu mente, pero él sabe que al final
sólo habrá dolor y oscuridad.

Puede hundirte una mala decisión de tu mente…

pero tu corazón nunca te dirá algo falso.

Desde el principio te dice que esa bella flor
que hoy contemplas con regocijo, sólo durará un par de días,
que debes amarla ese tiempo y luego dejarla marchar
con el mismo regocijo.

Tu corazón te dirá:

¿Qué mano de aquellas que frente a ti se tienden
es sincera y compartirá contigo su bolsa y su pena,
y cuál se despedirá en la próxima vuelta del camino?

Yo moro en tu corazón y por eso el amor que no miente
ni conoce de propiedad, ese que nosotros como hermanos
hemos compartido, late siempre allí, pero
mis recuerdos y mis enseñanzas están en tu cerebro.

El corazón te dirá dónde
y cuando se hará necesario
que tu boca deje salir la enseñanza.

Tu mente te dirá cuando y en qué lugar
será más seguro y bien recibido el conocimiento.

Tu mente te llevará allí donde el dolor impera
y la desesperanza ahoga el alma de tus hermanos de camino.

Tu corazón pondrá la magia en el abrazo,
en el apretón de manos
y en la palabra que portadora de esperanza y fe…
—sonora manifestación del Amor del Padre—
se esparcirá como bálsamo sobre las heridas de tu época.

Permite a tu mente evolucionar sin límites
para que el conocimiento que no tiene límites…
penetre en ella y germine.

Permite a tu cerebro el don de la sabiduría…
para que sea usado en favor
y ayuda de tus hermanos.

Deja que este conocimiento,
cuando sea llevado en la mano para curar las heridas,
sea tu corazón quien lo dé y lo bendiga.

Sólo así los dones maravillosos que posees,
fruto del amor sin límites del Padre,
cumplirán su verdadero cometido y te llevarán a la paz…
y al encuentro con estos brazos que anhelan volverte a abrazar.

Pon tu cabeza en mi hombro hermano…
y deja que mi boca susurre la palabra Shalom.

Deja que la paz que tanto anhelas,
se manifieste en ti.

Te quiere,

tu hermano,

Emmanuel

Examinadlo todo;
retened lo bueno.

(1 TES. 5:21)

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