«Así como ames a tu ser, amarás a tu hermano.
Así como ames a tu hermano, amarás tus días.
Y así de grande como el amor a tus días de vida,
serán los dones del Amor del Padre que sobre ti se derramen.»
El reconocerme hijo de aquella plenitud…
Mensaje dirigido por Emmanuel…
Querido hermano:
No puedo menos que alegrarme de saber
que poco a poco estás regresando a mi presencia.
No sabes cuánto deseo ese momento
en que nuevamente pueda hablar contigo
y abrazarte como en aquellos días.
Israel, allá está nuestra barca
y las piedras no se han movido
ni siquiera un poco en todo este tiempo.
Sí, hermano, allá en la playa está nuestra barca
y esta vez embarcaremos los dos.
Ya no puedo callar aquello que por obra del miedo
ha sido acallado durante tanto tiempo.
Ya grito en la madrugada y un nuevo día se avecina
y el durmiente sobresaltado se despierta asombrado
por el cambio que aconteció durante el sueño.
Mirad que será dicho por los hombres
que aquellos llamados desde el fuego,
despertarán de la noche a la mañana siendo fuego,
los llamados desde el agua
despertarán de la noche a la mañana siendo agua,
y aquellos llamados desde el tiempo
despertarán de la noche a la mañana siendo tiempo
y pudiendo verlo sin principio ni final.
Porque es designio que el llamado en el sueño,
pueda ver la realidad más allá del sueño
y enseñe al hombre nuevo a alcanzarla.
Amado Israel,
esta tarde has preguntado cómo es la vida
y cómo son los hombres que hallé durante mis años de vida
lejos del hogar de nuestros padres.
Había tanta curiosidad en tus ojos,
preguntabas con tanta insistencia
acerca de las costumbres y los usos de aquella gente,
preguntabas qué lengua hablaban, cómo se vestían,
cómo preparaban sus comidas y llamaban a sus hijos.
Yo no acertaba a responder tantas preguntas,
pues notaba en tu mirada de joven león del desierto
el deseo de partir, de abandonar la morada
de tu parentela y salir como yo, un día, hacia tierras lejanas
en busca de fortuna y nuevos nombres que recordar.
Yo callé y no dije nada más…
y me quedé allí recordando pueblos y personas
que en su momento habían recibido mi presencia
con alegría o enojo, con júbilo o desdén.
De cuantos de ellos había aprendido algo,
a cuantos había enseñado,
qué sabiduría había manado
de labios que apenas me habían saludado,
cuántos consejos había recibido
para acompañar mi juventud
y hacer más llevadera la senda del peregrino
que ha abandonado el hogar, buscando preguntas primero,
para las cuales hallar respuestas después.
¡Hoy hermano, puedo decirte lo que aquella tarde callé!
No era importante el nombre del pueblo al que llegaba,
ni el nombre de su Dios o su gobernante…
pues todo ello palidecía ante la presencia del hombre
que hallaba a mi lado en el camino,
andando conmigo la misma senda.
No importaba si el camino era de tierra o de pulidas lajas,
lo importante era que mis pasos no iban solos por el sendero,
pues siempre mi mirada se cruzaba
con algún hermano del camino y siempre una mano presurosa
se acercó a la mía para levantarme de una caída
o indicarme una dirección… una estrella
o un sendero entre las montañas.
Lo grande hermano, lo hermoso hermano,
era el hombre que se hallaba en todos lados,
en todas las calles, de todos los pueblos que visité.
Yo partí un día buscando respuestas para las preguntas
que atemorizaban mi corazón, la certeza de la dualidad
y sus manifestaciones provocaban espanto y horror,
al alma sencilla del carpintero que asumía como mi identidad.
Yo creía que andando
hallaría algún ser sumamente virtuoso y sabio
que me daría largas explicaciones
llenas de doctas palabras
para explicar mi esencia y mi Luz.
Fíjate que aunque visité Templos dorados
con ídolos de distintas formas y colores
y hablé con hombres sabios en muchas y diferentes lenguas…
fue el camino, siempre ancho y eterno,
lleno de recodos y piedras… de abismos y montañas,
el que me llevó a aquel amanecer extraordinario,
a aquella Epifanía de Luz
en la que se manifestó por primera vez
ante mis ojos mortales,
el inmenso Amor del Padre y su inmensa paz.
Fue el camino, el que aquel día me permitió estar
en presencia de La Luz más pura de la cual
había emanado mi chispa, mi esencia, mi rayo de luz.
El camino me indicó, que no es el sendero exterior
el que nos puede llevar a alguna parte.
El camino internalizado
nos obliga con sus abismos y cimas,
con sus piedras y obstáculos
a continuar hasta nuestro propio y personal
amanecer en La Luz,
donde podremos ver por primera vez,
en medio del virginal despertar de nuestra conciencia,
La Luz Primigenia de la cual partimos,
de la cual se originó la esencia
y a la que luego de nuestro propio andar
sobre nuestro sendero personal y único,
podremos ver como propia y al mismo tiempo reconocerla
en los corazones de cada uno de nuestros hermanos.
El Amor del Padre se manifestó en mí aquel día.
Su voz extrañamente familiar plenó mis oídos.
Su presencia hermosa y serena,
como la luz de la primera mañana,
como el mar después de todas las tormentas de la vida,
llenó de gracia mi ser
y de lágrimas de gozo mis ojos.
El reconocerme hijo de aquella plenitud…
llenó mi corazón de la mayor de las dichas.
El reconocer Su presencia
en cada uno de mis hermanos del camino de la vida,
de la sangre y del pueblo…
me hizo uno con todos ellos,
pues todos somos hijos de Él.
El reconocer la gracia, la presencia, La Luz del Padre
en los ojos de mi hijo… me hizo sentir padre,
parte del Creador y de la Creación al mismo tiempo.
Aquel día quise decirte cuán grande es la ilusión
de aquel que pretende moldear en un ídolo
la Epifanía de vida que es el Padre… y cuán limitado es el poder
de aquel que cree que es posible encerrar al Padre,
dentro de un mandamiento, una ley, un Templo o un rito.
Sagrado es aquel sitio
donde se manifiesta en serena plenitud La Luz,
la gracia y la presencia del Padre.
Sagrado es el corazón del hombre donde mora esta gracia.
Sagrada es la tierra fruto de su amor…
el pájaro, el árbol, la flor, el manantial
y todo aquello que rodea al hombre…
no importa su nombre o color,
ni como vista ni como hable.
El puede hacer ver a nuestros ojos lo que está bien
o lo que está mal… pero jamás por ningún motivo
dejará de ser imagen preciosísima del Amor del Padre
ni depositario digno de Su Luz.
Por eso no es tu ser el llamado a emitir juicios,
no es tu mente la que deba juzgar al hermano.
Es sólo el corazón quien podría hacerlo…
pero como él es morada del Amor del Padre,
simplemente no lo hará… pues está escrito:
Cierto como el Sol de la mañana
es el amor que mora en el corazón del hombre,
es el amor en el hombre,
el amor al hombre y el amor por el hombre
la única senda que lleva al Padre.
Nadie ha de llegar a La Luz
ni a la realización de la sabiduría…
si no es a través del amor y sus obras.
Porque se ha dicho:
Así como ames a tu ser, amarás a tu hermano.
Así como ames a tu hermano, amarás tus días.
Y así de grande como el amor a tus días de vida,
serán los dones del Amor del Padre
que sobre ti se derramen.
Recuérdalo siempre, hermano.
Con amor,
Emmanuel.
¡Tantos siglos de civilización
y no aprendimos a abrazarnos!
José Narosky
