«Da lo poco que puedas para ayudar al que sufre…
pues si así lo hicieran todos…
sería menor el sufrimiento de los demás.»
¡Escúchate hermano!
Mensaje dirigido por Emmanuel…
Querido Santiago:
¿Recuerdas aquella tarde cuando al regresar a la orilla
nos enteramos que un niño había muerto ahogado
un par de días atrás? Enseguida,
sin ni siquiera calzar tus sandalias corriste a tu hogar.
Cuando llegué horas más tarde
te hallé visiblemente calmado y sin pensar mucho me dijiste:
¡Gracias al Padre que el niño no era el mío!
Suspiraste con alivio, mientras yo te pedía escucharte…
¡Y no me entendías!
Al día siguiente llegaste a mí
y me hablaste sinceramente arrepentido.
Tus palabras fueron:
Tenías razón hermano, cómo podía yo agradecer mi bienestar,
olvidando completamente la desgracia del padre
que a esas horas aún lloraba la muerte de su hijo.
Te llevaste las manos a la cara tapándola con vergüenza
y me dijiste:
Esto es imposible, jamás llegaré a tener en mi corazón,
la misma sabiduría y la misma fuerza que tienes tú.
Yo sólo te volví a repetir:
¡Escúchate hermano!
Pero diste media vuelta y te marchaste triste,
avergonzado de ti mismo.
Yo debí haberte dicho muchas cosas, pero vi
que era tan grande tu alivio primero y tan profundo
tu arrepentimiento después… que dejé que fuera el
tiempo, el que algún día susurrara a tus oídos
las palabras de madurez, de aceptación necesarias
para que tu tiempo de crecer llegara.
Ya hoy que mis palabras hablan a los ojos
de un hombre que ha vivido muchas y muy diversas experiencias,
puedo explicarte lo que mi corazón de hermano
no pudo en su momento.
Nadie podría recriminar jamás tu manifestación
de amor paternal al ver a tus hijos vivos y felices
correr a tus brazos celebrando tu regreso.
¿Qué padre lleno de amor…
lleno de real aceptación y vida no haría igual?
No era eso, tu alegría y tu alivio lo que debías reprocharte.
Era no haber dado cabida a este sentimiento
sin que la sombra de la culpa lo desluciera y opacara…
como opaca el polvo a un espejo olvidado.
Sentías culpa de estar feliz con tus hijos…
pues tu corazón ya abierto al Amor Universal
sentía el dolor del padre que aquella noche
no podía abrazar a su hijo.
Tu frase fue abierta y espontánea,
como lo era el corazón sincero que latía en tu pecho.
Pero al contrastar tu alegría con el dolor
que en el corazón te producía la muerte de aquel chico…
no hallaste otra forma de decirlo,
sino agradeciendo la desgracia del otro.
Y eso se asomaba a tus palabras como…
una gota de hiel en medio del dulce corazón de un higo.
Debe el hombre cuidar sus palabras…
porque son ellas muchas veces
la causa del sufrimiento y la vergüenza.
Fueron palabras aladas
sin real arraigo en tu corazón,
pero fueron dichas.
Al escucharte a ti mismo te produjeron heridas
y juicios contra ti, que crearon dolor.
Quizás sólo debiste abrazar a tus hijos
y sentir la felicidad de su presencia, sin tratar de justificar
este venturoso sentimiento ante mí con una excusa trivial,
que al final como toda palabra dicha por la boca,
sin latir del corazón… sólo produce arrepentimiento.
Amado Santiago, era claro el dolor que a ti, a mí,
a todos producía la pérdida de aquel niño.
Fue claro y real tu temor en la playa
de no hallar a uno de tus hijos…
fue grande el alivio de verlos a todos a tu lado.
Porque aquel que ha tenido un hijo
es el padre de todos los hijos del mundo.
Le duele el que tropieza, cae y se hiere,
aun cuando no lleve su sangre.
Le duele el que abandona la casa y no retorna,
la niña que sufre abandonada
y el bebé que llora pidiendo alimento.
El pobre que suplica una limosna, el lisiado,
el enfermo… el deforme y el muerto.
Muerta está el alma del hombre…
que no siente como suyo al niño
que a su lado pasa pidiendo pan.
En su mente y en su corazón está esa imagen en la noche
cuando comparte el pan con sus hijos…
es por eso que al día siguiente guarda un mendrugo
y lo lleva al mendigo.
Jamás debe el hombre
justificar el sentimiento real
que nace de su pecho…
pues no puede un sentimiento ser explicado con palabras
y al tratar de hacerlo…
sólo torpezas salen de su boca.
Cuando nuestro hermano sufre frío y nosotros estamos
al calor de nuestra lumbre… agradecemos ese calor…
sin juzgarnos por estar al fuego
mientras el otro sufre.
Debemos ser duros con nosotros sólo…
si guardamos un pequeño haz de leña y al otro día,
sin mediar palabra alguna,
no lo abandonamos al lado del que duerme en el frío.
Sí, debemos agradecer nuestras bienaventuranzas.
Pero si nuestro corazón,
en el cual moran los de todos nuestros hermanos,
nos habla de su hambre y de su frío, de su enfermedad y su dolor…
y nosotros nos quedamos en casa diciéndonos:
Agradezco mi alimento y mi calor,
mi salud y mi paz,
mi hogar y mi holgura…
pretendiendo no ver el sufrimiento a tu alrededor.
Entonces será tu mundo,
mundo de estrechez y de egoísmo,
donde no cabe el real sentimiento de la unión.
Antes bien, da lo poco que puedas, para ayudar
al que sufre… pues si así lo hicieran todos…
sería menor el sufrimiento de los demás.
Cuentan de un hombre que atesoraba
grandes riquezas en grandes cofres.
Acumulaba alimentos y telas…
para asegurarse una vejez feliz.
Cuando a él se acercaba la viuda o el lisiado,
el niño pobre, el niño enfermo, el niño sin padres…
y el perro hambriento… él volteaba los ojos
hacia otro lado y se decía:
No soy yo el culpable de su desgracia,
por lo tanto no he de ser yo quien la mitigue.
Llegaba a su hogar y decía:
Gracias Padre pues mi casa es caliente,
grande mi alimento e inmensas mis riquezas.
Una noche llegaron al pueblo los soldados
y saquearon la ciudad, entraron a su casa y se llevaron todo…
quedándole sólo un par de monedas en sus manos.
Pasados los días, salió a mendigar…
y muchos de aquellos pobres a los que él había negado su ayuda,
por no ser culpable de su desgracia…
compartieron con él sus mendrugos y sus harapos.
Supo entonces ser el padre de aquellos niños pobres…
y el hermano de los otros que mendigaban.
Un día vino un hermano y al hallarlo en la miseria
le cubrió de riquezas.
Luego, al ver su casa nuevamente próspera,
llena de niños harapientos, le dijo:
¡Saca de aquí a estos niños,
no ves que ensucian tu casa!
Entonces el hombre le respondió:
¡Cómo han de ensuciar mi casa, si son mis hijos!
El hermano se rió y le dijo:
¿Cómo han de ser todos ellos tus hijos?
Y él respondió:
Puesto que mi egoísmo me impidió engendrar hijos
de mi sangre, el Padre puso en mis manos
a los hijos que me entregó la vida.
Si ellos han visto en mí a un padre…
¿cómo no he de ver yo en ellos a mis hijos?
El hermano se marchó…
y hasta su último día, el hombre vivió rodeado
del amor sincero de aquellos niños, llorando sus muertes
como un padre y riendo sus gracias como tal.
Pues está escrito:
He aquí que el Padre ha puesto en vuestras
manos todos los niños del mundo, pues hijos son
de la esencia de la cual proviene vuestra esencia…
Por eso son parte de vuestras existencias.
Tú me dijiste aquella tarde que jamás tendrías
ni la sabiduría ni la fuerza que yo tenía…
lo dijiste entre lágrimas de real arrepentimiento.
Santiago, yo no podía más que admirar la sabiduría
con la que expresabas tu real arrepentimiento y el fruto
de aquella larga noche de confrontar tus sentimientos
y tus acciones como sólo un hombre sabio puede hacerlo.
Bendecía la fuerza con la que te acercabas a tu Ser interior
sin máscaras ni justificaciones,
desnudando tu esencia,
para mostrarla a la luz bañada por las lágrimas
de tu real arrepentimiento y de tu total honestidad.
¿Te diste cuenta?…
¡Qué sabio y fuerte fuiste aquel día!
Te quiere,
tu hermano,
Emmanuel.
«No quiero ser líder,
sólo quiero,
de una manera sutil casi imperceptible…
sembrar el amor entre mis hermanos,
para que ellos lo cultiven
y brinden sus hermosos frutos…
frutos de consciencia.»
Un Lucero.
«No soy profeta ni maestro,
sólo alumno de la vida.»
José Narosky.