«El hombre es siempre quien es.
No busques en distinciones, en premios, en coronas
ni en adulantes palabras el valor de tu vida.
Pues es en sí misma, un don de amor…»
Tu hogar va contigo
Mensaje dirigido por Emmanuel…
Querido Israel:
Mira cuán hermosa se ha puesto esta tarde después de la lluvia,
tal pareciera que la vida toda sonríe,
después de que el agua de las nubes lava de pasados
toda la maravilla de la creación.
Un par de días atrás me preguntabas si aún sería capaz
de regresar a la vieja aldea y al taller de papá,
de volver a comenzar mi vida dentro de los límites tan estrictos
de nuestra comunidad.
No entendiste cuando te respondí que no importaba
si tenía que regresar a mi taller de carpintero y abandonar
mis redes de pescador… si tenía que partir y llevar la vida
cambiante del mercader o si abrazaba el oficio de pastor
y subía a las montañas para apacentar mi rebaño.
Siempre el hogar, siempre el taller,
la barca y el camino estarían conmigo…
por lo que no hacía ninguna diferencia
ni el lugar donde estuviera, ni el oficio que trabajara.
Israel, el hombre es siempre quien es.
Ni su esencia, ni su conciencia, ni su misión,
cambian con el sitio donde esté.
Puede un pobre mendigo agradecido por la limosna que recibe,
hallar mañana una perla preciosísima
y volverse un hombre adinerado,
pero si al recibir la limosna del alma que le socorre
siente este profundo agradecimiento
y susurra un…
Gracias por el bien, el Padre te recompense…
al recibir este don preciado
sentirá el mismo agradecimiento profundo,
mirará al cielo y le dirá al Padre:
Gracias por el bien, Padre
mi corazón halla su recompensa en ti.
Pues su corazón, capaz de sentir tan sinceramente
el agradecimiento, no deberá cambiar con la nueva riqueza,
sino que por el contrario, bendecirá a cada momento,
agradecerá a cada instante y sentirá profundamente
con alegría y humildad, el bienestar recién venido a su vida…
y te aseguro mi querido hermano, que sus dones
se multiplicarán y harán grata su vida por siempre.
Pero si el mendigo no agradece realmente el bien recibido,
sino que interiormente
envidia la riqueza del hermano que le socorre,
si es su agradecimiento falso,
su bendición será sólo una frase sin sentimiento.
Y si este mendigo hallara esta perla preciosísima,
se hiciera hombre de riqueza,
se convenciera a sí mismo
que su vida de mendigo ya pasó…
y creyera que la riqueza es una recompensa
por la cual no deberá agradecer jamás.
Entonces sus bienes serán para él siempre pocos,
pues envidiará la riqueza de aquellos que poseen más que él
y sentirá duda y resentimiento.
Vivirá en la miseria a pesar de tener sus arcas llenas,
sus dones se harán pequeños a sus ojos
y su vida será ingrata por siempre.
Porque no habrá de agradecer jamás su fortuna,
sino que la considerará siempre inferior a la de alguien más,
comparando su vida con las de otros
pasará su existencia y al apagarse su llama
se irá con ira y rencor en su corazón.
Israel, tu hogar va contigo…
has de agradecer plenamente y de corazón,
la suavidad de la lana en la que apoyas tu cabeza
al dormir en tu casa o la dureza de la piedra
en la que te apoyas para descansar tu viaje en la montaña.
Has de agradecer profundamente
la palabra sencilla que acompaña tu camino,
la que te da el nombre de una flor o la seña del peregrino,
también la docta explicación del sabio
y el discurso lleno de sabiduría del Sacerdote,
pues cada voz y cada piedra,
cada sendero y cada recodo del camino
alimentan la llama del hogar que va contigo…
y debes agradecerla.
No pretendas jamás ser tú,
el ser importante que porta la llama de la sabiduría,
el escudo del conocimiento
y el verbo cargado de respuestas del hombre docto.
No pretendas ser tú el principal actor de la comedia,
ni aquel en el que convergen todas las miradas
y a quien escuchan todos los oídos.
Porque quien llega a la aldea gritando:
He aquí que ha llegado el más importante,
el más sabio, el más docto
o el que porta la verdad
y demuestra en su porte y en su traje
su necesidad de ser alabado y reconocido,
es siempre quien trae consigo
la desunión y la tristeza
porque divide a la gente
entre quienes le creen o no.
Ese que necesita para sí
la mayor de las atenciones,
no lleva a su hogar interior otra luz
que la que toma de los demás,
ni agradece otra cosa que la alabanza
y el honor que se hace a su persona.
Él, como el mendigo resentido
que no agradece su fortuna,
siempre pensará que no se le reconoce lo suficiente
su gran importancia.
Pasará las noches de sus días en medio del rencor
por la falta de atención de los demás, sumiendo…
a quienes no le siguen en el mayor de sus desprecios.
Él piensa que es el fruto más exquisito
del Jardín del Padre y por eso cree
que es de mayor valía que sus hermanos.
Trata de alejarse de ellos
y vive la tristeza del ser
que se cree separado del Amor del Padre.
Dile a tu hermano airado,
a tu hermano cegado por su propia importancia,
que él no vale más a los ojos del Padre
que la sencilla flor que alegra la mirada del peregrino
o que el exótico pimpollo traído de lejanas tierras
para alegrar la mirada del próspero mercader.
Ambas son flores
y ambas tienen el mismo valor
a los ojos del Padre.
No es el valor que cada una de ellas tenga
lo que las hace preciosas,
sino la manera en que cada una
lleva alegría al hogar interno del que las mira.
Muchos me han reclamado el no pararme en el Templo
a enseñar La Palabra del Padre,
pues consideran
que es mi conocimiento
mayor que el de los Sacerdotes del Sanedrín*.
Muchos me han ofrecido una corona para aislarme,
para separarme,
para distinguirme del resto de mis hermanos.
Algunos han puesto sus espadas a mis órdenes
y sus riquezas a mis pies.
Se han sentido un poco tristes
cuando les he dicho que no puedo aceptar nada
que no pueda llevar conmigo,
que no forme parte de mí,
ni ilumine la llama de mi hogar interior.
Les he dicho que no necesito un Templo sólo para hablar,
pues el Padre está en todas partes
donde el amor de sus hijos le permita morar.
Así que si me siento a la orilla de la playa
y se acercan mis hermanos pescadores,
mis hermanos mercaderes,
mis hermanos ricos y mis hermanos pobres…
poniendo su amor como único presente frente a mí,
entonces hablo con ellos
La Palabra del Padre.
* Tribunal Supremo.
En verdad te digo que ningún Sacerdote
tiene un Templo más hermoso.
Si tú rozas mi cabello con tus manos, mi amada lo besa
y mi madre lo alisa con sus amorosas manos,
¿quién necesita llevar una corona en ellos?
Las coronas son para distinguir a unos hombres de los otros,
yo sólo soy como uno de ustedes,
un hijo de hombre.
Si tengo su amor y sus abrazos,
si tengo su comprensión para mis caídas
y sus manos para levantarme…
¡para qué necesito armas!
Las armas son para defenderse de los demás
y yo no veo en mí, ni en ustedes
motivo alguno de ofensa
que necesite una defensa.
No cargues hermano —en tu camino—
más que aquello que realmente puedas llevar contigo.
No busques en los ojos de los otros el reconocimiento,
es dentro de ti donde éste mora sin dudas ni disfraces.
No busques en distinciones, en premios, en coronas
ni en adulantes palabras el valor de tu vida.
Pues ella es grande, es hermosa,
es única e irrepetible.
Pues es en sí misma un don de amor…
Y es el amor, la más grande de las riquezas.
Te ama, tu hermano,
Emmanuel.
Nacemos enriquecidos.
Sólo debemos seleccionar.
José Narosky