«Recordé que era un Maestro y que mi misión
no era otra que la de llevar allí donde fuera necesario
el amor que nace de la comprensión
y la comprensión que nace del amor.
Comprendí que todo aquello que se entrega en aras del Amor
Universal, retorna a quien lo da en forma de Amor Universal.»
No admitas la separación
Mensaje dirigido por Emmanuel…
Querido amigo:
Ahora, aquí en este bello mundo es de noche…
y en el cielo se distinguen estrellas
que nunca han visto la superficie
de mi amado planeta azul.
Mis pies descansan sobre una suave hierba
que amorosamente los acoge
y su delicado aroma
me ha hecho recordar el olor de las especies
que madre guardaba celosamente en los cazos de barro,
para los que mi padre había hecho primorosas tapas
donde el nombre de cada hierba
estaba artísticamente labrado por mí.
Recordé mis manos de entonces…
manos de joven e inexperto carpintero,
pastor, constructor,
pero también de estudiante
en el Sanedrín de la antigua Torá,
a la que con el paso del tiempo
sólo me unía la tradición y el rigor del padre…
de ese padre que miraba mis ojos
buscando incesantemente una vía de retorno
hacia lo que él creía cierto, sin hallarla jamás.
Creo que sus pupilas gastadas
buscaron en mi rostro una señal de retorno
hacia lo que él anhelaba de mí:
El que vistiera los atributos del Rabí
y voceara la Ley en el Templo…
o por lo menos
que reconociera como propio al Dios de mis padres,
ese que creían Dios terrible
y que masacraba pueblos enteros
sólo para salvar a sus elegidos.
Aún en su agonía
sorprendía la mirada de mi padre fija en mi rostro,
en mis largos cabellos contrarios a su tradición,
en mi rostro casi desprovisto de barba
y en mis manos,
que no sólo escribían con los antiguos signos
trasmitidos de padres a hijos durante generaciones…
sino que también escribían con los caracteres de otras tierras,
en lenguas que mi boca también pronunciaba,
aun en la lengua de los enemigos de mi pueblo.
Porque nunca entendió que en mi corazón
no existía nadie que pudiera llamarse así.
No tenía un pueblo.
No venía de un pueblo,
ni era enemigo de los que eran contrarios a ese pueblo.
Yo venía de un Padre Universal,
que amaba en forma universal
a todos y cada uno de los seres
que poblaban este mundo.
Debía a mi padre carnal todo el respeto,
la admiración y el cariño
que su excelente persona
se había ganado con creces a lo largo de mi vida.
Hacia ese anciano,
—que sufría bajo el dolor de las múltiples heridas
que un accidente de construcción le había causado—
se dirigía toda mi diligencia, todo mi amor,
mi sapiencia y mi ternura.
Siempre su mano
había sido la dulce guía de mis pasos primeros,
su mano amorosa
colocó sobre mi cabeza el antiguo símbolo viril,
sus manos llenas de callos
habían guiado mis torpes inicios
en el labrado de la tierra, en el arte de la madera
y en la construcción de hogares,
su voz tranquila y pausada
había acompañado mis sueños
en las noches de pesadillas.
¡Cómo no amarlo con todo mi corazón!
¡Cómo no sufrir el infierno
de la certeza de la separación,
cómo no llorar ante la cercanía de su muerte!
Y cómo no sentirme triste ante la realidad
de no poder complacer sus deseos
de verme ser la continuación
de los santos varones de su linaje,
fieles cumplidores de la Ley,
grandemente alabados y respetados
por sus familias y su pueblo.
Fue por eso
que ante la certeza del final de sus días,
abandoné la casa paterna
e inicié mis viajes por tierra y por mar,
dirigiéndome hacia aquellos lugares
que sólo había imaginado alguna vez
al escuchar los relatos de mis tíos maternos
en búsqueda de una respuesta.
Sí, amigo…
yo también al igual que tú,
un día partí a buscar mi respuesta y mi camino.
Miles de ríos y riachuelos calmaron mi sed
y mis pies cruzaron innumerables paisajes.
Miré a los ojos de tantas y tantas personas,
recibí de ellas sonrisas, halagos
y también a veces… insultos y amenazas.
Pero siempre en mi corazón
había entendimiento y perdón.
Y así llegué a la tierra de los enemigos
del que debía llamar mi pueblo.
Mi mente había captado un mundo
de perversión y suciedad,
en el que sádicos jóvenes
se complacían en la tortura
y la humillación de los prisioneros
tomados de sus pueblos de origen
y arrastrados hasta allí,
en medio de dolores e indignidades…
sometidos al más cruel de los tratos
y a la más desgarradora de las condiciones:
La del esclavo,
que ya no es dueño ni siquiera de sí mismo.
Las palabras de mi padre carnal retumbaban en mis oídos:
«Tus ancestros liberaron a tu pueblo de la esclavitud,
el peor de los males que un hombre puede padecer
y el Padre habló a través de nuestros profetas
y nos confirmó la condición de pueblo elegido,
que había hallado gracia ante los ojos de Dios.»
«Es por eso
que debemos mantenernos inmaculados,
evitando mezclar nuestra sangre
con la sangre de los gentiles
y es preferible morir libres,
antes que vivir como esclavos.»
Pero a medida que mis sandalias,
pisaban aquel suelo
mil veces aborrecido por mi gente,
lo único que encontraba a mi paso
eran hombres, mujeres y niños.
Y la diferencia entre ellos y mi pueblo
eran sus vestiduras… y su lengua.
Pero bajo aquellas vestiduras y más allá de aquella lengua,
eran iguales a mi gente…
y hasta llegué a encontrar rasgos parecidos a los míos
o los de mi amado padre en los rostros de aquella gente.
Una vez más en mi corazón,
traté de hallar la razón
para considerarlos mis enemigos…
y una vez más
hubo entendimiento y perdón.
Me alejé de la caravana
y busqué en silencio un sitio alejado.
Allí grité
con todas mis fuerzas en mi lengua original,
pidiendo al Padre
que nos había elegido de entre todos los pueblos
para ser sus predilectos que me explicara:
¿Cuál era la diferencia entre ellos y nosotros?
El viento que se había llevado mi voz
retornó dulcemente y acarició la hierba
de la ladera del monte donde me hallaba.
Este viento acarició al mismo tiempo
los animales que apacentaban,
los pastores que estaban en la lejanía,
los pájaros que cantaban, la hierba, las flores,
la liebre que a saltos se alejaba
y la mariposa que volaba ajena a toda mi pena.
La brisa movió mi cabello y acarició mi frente
y enfrió las lágrimas que brotaban de mis ojos.
Besó mi rostro y mi cuerpo
y una voz interior respondió
desde dentro y desde fuera…
retumbando
con la fortaleza del trueno en la tormenta
y acariciando
con la ternura de la brisa de primavera
en la cuna del recién nacido:
«No hay diferencias,
todos son mis elegidos
todos mis predilectos
todos mis bienamados.
Cada uno distinto al otro
en apariencia y en pensamiento.
Cada uno igual al otro
en amor y en vida.
Un mundo lleno de vida
para que se regocijen tus ojos,
tus oídos, tu piel y tu lengua…
un mundo de aromas para tu nariz
y de texturas para tu piel.
Un mundo lleno de seres vivos
para amar y entender…
para servir y entender…
para ayudar y entender…
para ser y entender.»
Y no quise escuchar más.
Mis pasos me alejaban de aquel sitio,
pero la voz iba conmigo,
me señalaba los pájaros en las ramas,
los árboles, las flores,
me recordaba que estaban vivos
y por eso eran sagrados.
Yo corría cada vez más arriba
hasta que mis pies se detuvieron frente al abismo.
Sentía que con aquel amor y comprensión
traicionaba a mi padre amoroso, amantísimo
y sentía el contacto de sus manos callosas sobre las mías
enseñándome a labrar la madera.
Lloraba ante mi debilidad…
ante mi imposibilidad de hallar al enemigo odiado
ni siquiera en medio de aquellos
que habían oprimido a mi pueblo.
Lloraba amargamente,
y de pronto sentí que todo mi Ser
se llenaba de una Luz maravillosa,
me tornaba ligero como el viento
y volaba hacia unas nubes hermosas
de donde se irradiaba esa Luz…
y entonces recordé:
Recordé que era un Maestro
y que mi misión no era otra
que la de llevar allí,
donde fuera necesario,
el amor que nace de la comprensión
y la comprensión que nace del amor.
Comprendí que todo aquello que se entrega
en aras del Amor Universal,
retorna a quien lo da
en forma de Amor Universal.
Que el universo tiene colores
sólo para que el que los vea,
reconozca en él la belleza del amor.
Que mis manos escribían toda lengua
y mi garganta las pronunciaba…
porque en mí
no existía la idea de la separación.
No era mi mundo un mundo de elegidos y gentiles…
era un mundo de hermanos
hijos todos del mismo Padre/Madre
y por lo tanto igual de predilectos, igual de amados
e igualmente elegidos por el Padre/Madre,
para ser dotados con el don maravilloso de la vida
y así poder extasiarse
ante la belleza del mundo que ante ellos se desplegaba.
No podían existir enemigos:
Porque para que exista un enemigo,
es necesario que exista el odio.
El odio es lo contrario del amor.
El amor es vida.
No puede existir odio allí donde hay vida.
La muerte, bendita y hermosa muerte,
cierra con su beso final toda herida
y por lo tanto
no puede haber odio después de la vida…
ni en la muerte.
Llegará el tiempo
en que todo símbolo de muerte
será desterrado del corazón,
de la mente
y del cuerpo sutil de todo ser,
sólo así se traspasará finalmente
esa tenue línea de dolor que es la muerte,
para entender que la vida nunca acaba,
sólo cambia, sólo se sublima,
sólo se hace una al final con La Luz original
que no es otra cosa,
que el Amor Original del cual todos hemos emanado.
Así pude ver debajo de mí a la hermosa Tierra
y al Hombre que la labraba.
Entendí
que ella era su Madre
y él su Hijo.
Madre…
he ahí a tu Hijo.
Hijo…
he ahí a tu Madre.
Sonreí porque entendí
que ni aun él más oscuro de los tiranos,
estaba exento del amor del Padre/Madre
y del fruto de la tierra.
Por lo tanto llegado su momento,
sus labios serían sellados por el beso final de la muerte…
y la vida continuaría.
Bendije mil veces mi imposibilidad de hallar al enemigo…
y agradecí con el corazón
explotando en una epifanía de luz iridiscente
cada día de mi vida,
cada sonrisa y cada dolor,
cada caricia y cada golpe,
cada amanecer y cada anochecer,
cada día de Sol y cada tormenta,
pues todos formaban la línea venturosa de mi vida.
Me sentí henchido de la majestad de ser el hijo de Dios…
como todos mis hermanos lo eran.
Y amé intensamente
mi condición también de hijo del hombre,
—de mi padre que agonizaba en la Tierra—
para ser parte de La Luz del cielo
e ir a ella
o retornar al amor de la tierra.
Porque siendo el hijo del hombre,
podía amar y entender sus circunstancias,
su dolor y su enfermedad
y podía servirle llevando allí, a cada rincón
mi sanidad, mi amor,
mi comprensión y mi alegría.
Entendí que el más oscuro de los días
es también un acto de amor,
que sólo sería entendido en la distancia.
Que yo, el hijo de Dios
y el hijo del hombre al mismo tiempo
era el elegido por el Padre/Madre
para la misión infinita del amor…
como lo era cada uno de los seres
que compartían mi tiempo
o el tiempo de mi planeta.
Que tenía una familia propia
individual y personal…
pero que formaba parte de la Familia Universal…
que había nacido del amor de un hombre y una mujer
que habían accedido a acogerme en su seno
y acompañar mi crecimiento,
una vez que habían atendido mi llamado
de formar parte de sus vidas.
Que la vida era el más precioso de los dones
que ser alguno podía recibir,
y que por eso todo ser
era merecedor de nuestro amor y respeto.
Me fundí con La Luz y renací en ella…
y fue tan grande el amor que se albergó en mi corazón,
que a partir de ese momento
consagré mi existencia a llevar
La Luz del entendimiento
y el Amor Universal
a todas partes,
sin distinguir amigos de enemigos
buenos o malos.
No hubo en mi ser espacio para la duda o para el temor,
sólo para amar y así cumplir mi misión
voluntariamente aceptada
como lo es la misión de cada ser.
Cuando volví,
después de recibir
la más dulce y mansa de las enseñanzas,
supe que volvería a casa
para limpiar de divisiones y separaciones
la tergiversada enseñanza de los ancestros…
y supe que ya no podía huir de ser quien era.
Lo demás hermano mío, amigo mío,
es ya parte de tu historia.
Te has quedado muchas veces en mi dolor,
pero al hacerlo
olvidas que mi dolor tuvo un motivo
y fue el renacer.
Has estado en mi muerte, pero olvidas mi retorno.
Muchos de ustedes
viven repitiendo el dolor de mis heridas,
pero al hacerlo olvidan la alegría de mi retorno.
¿Recuerdas que no me reconociste
cuando volví a ti después del dolor?
Pues mi rostro había cambiado
aun cuando mi mirada y mi voz eran la misma.
Olvidaste que había cumplido mi promesa…
que siempre que me recordaras allí estaría contigo,
dentro de tí, alrededor de tí,
con los más extraños rostros
y las más extrañas vestiduras.
Olvidaste que moraría dentro de tí.
Que tú y yo
somos la misma persona,
que tú como yo
somos
hijos de Dios
y también
hijos del hombre,
y que todo aquello que yo hice
tú también lo harás,
si borraras la duda y el temor en ti.
Que podrás hacerlo y cosas aún mayores.
Olvidaste que si miras a mis ojos
hallarás en ellos los tuyos
y que nunca estas sólo,
porque estoy en ti.
Olvidaste que ningún Templo de ninguna creencia
puede contener al Amor Universal,
pero que tu corazón es lo suficientemente grande
para poder hacerlo.
Que cuando tiendes tu mano al que sufre,
al que socorres es a tí mismo.
Al hacerlo me socorres a mí
y así damos fortaleza a la vida
para que se manifieste en toda su plenitud.
Recuérdame amado amigo y hermano
y al hacerlo, siénteme en tí…
porque:
Tú y yo somos la misma persona,
tú y yo somos la unidad…
y la unidad es indivisible.
El mensaje original de la unidad está intacto
y mora en cada ser.
No admitas entonces la separación.
El hermano mora en tí,
como tú en él
y al recordarlo todos en igualdad y alegría
volveremos
a la simple bienaventuranza de la unidad
que acompañará el cambio hermoso
del pequeño planeta azul
hacia su nuevo camino de luz.
Te amaré siempre,
Emmanuel.
Cuando mi amigo me hiere,
sólo querría perdonarlo.
José Narosky