«Madre, has de llegar al corazón de la mujer,
que hoy duda entre entregar este don de vida o negarlo.»

Madre

Mensaje de Emmanuel a su madre Miriam.

He aquí que eres la única joya que atesoré en mi vida…

He aquí que has sido tú quien con tu paciencia
y tu bondad me enseñaste los primeros signos
escritos con tu mano vacilante sobre la arena…

He aquí que en la mañana de mi vida
fueron tus brazos amorosos los que me acogieron
y me protegieron de todo mal…

Fuiste tú, quien me habló primero del Padre,
frente a los ojos siempre temerosos y humildes
de mi padre mortal…

¡No sabes con cuánto celo te hubiera guardado
de vivir el dolor que viviste!

¡No sabes cuántas veces rogué
porque no tuvieras que presenciar esa cruda escena,
que por amor se desplegó ante tus ojos!

Perdóname el haberte dejado sumida
en la peor de las soledades,
la soledad de la impotencia,
la soledad de quien cegado
no halla su camino en la noche…

Madre, es tu amor tan grande…
tan reflejo directo del Amor del Padre
que a través de tus ojos se puede ver
la misericordia infinita de Él.

Madre, no creas que te dejo sola,
he aquí que te dejo a mi pequeño Santiago
para que acompañe tu vejez
y a mis hijos para que alegren
tus tardes de recuerdos.

He aquí Madre, que te dejo todos los hijos del mundo…
y a mi buen Santiago le dejo todos los oídos del mundo…
para que tú los cuides y los lleves de la mano hacia el Padre,
como lo hiciste conmigo… y para que mi hermano
les hable con mis palabras a todos ellos.

Madre, en verdad te digo
que nadie que clame por misericordia en el dolor,
podrá hallar mayor consuelo que el de tu mirada
y que serás tan pródiga como el trigo en sazón,
pues de tus manos manará la misericordia del Padre
como mana el agua eterna
de los manantiales que alimentan al mar
y de tu corazón brotará el amor
hacia los que sufren de soledad,
tristeza e idea de separación.
Y será este sentimiento tan tuyo,
dulce alimento en los labios de los hambrientos
y dulce cobijo para el frío de los solitarios.

Madre, sé todo amor…
para con aquellos más débiles que vendrán a ti,
aunque no necesite decirlo,
pues tu clara inteligencia
siempre ha plenado de luz
las horas de la duda y de la ignorancia…

Madre, sólo tú podrás volver a hacer
del bello fruto de la tierra que es la mujer,
aquel cofre dichoso y prudente
en el cual se acuna la vida.

Madre, has de llegar al corazón de la mujer,
que hoy duda entre entregar este don de vida o negarlo.

Esa, tu eterna e infinita comprensión,
para que la vida…
ese don sagrado y único, vuelva a ser respetado.

Madre, vendrán tiempos difíciles
en los que mis hermanos se creerán huérfanos de todo amor,
abandonados de toda paz
y vencidos por toda calamidad.

Ellos volverán sus ojos al pasado
y allí te hallarán Pura y Clara,
como la primera luz de la mañana.

De las dulces cuentas de oración que el amor te dictará,
de la venturosa gracia de tu voz
saldrá el mensaje de paz y paciencia
para los corazones que sufren
y el aliento de la esperanza en un nuevo día muy hermoso,
en el que luego de la purificación por la sangre
y del cambio dentro del corazón,
cobijarán emociones nuevas
y sentimientos totalmente renovados.

De la limpieza de la mente,
la humanidad
cobijará nuevas e insospechadas virtudes y portentos.

Ella, que es grande y hermosa
porque está conformada por todos mis hermanos…
por todos tus hijos.

Madre, reúne nuevamente bajo tu manto protector
a mis hermanas, a mis discípulas,
y así como lo hiciste conmigo,
hazles recordar a través de La Palabra
el don de la oración
y hazles saber de ese don de vida
que el Padre insufló en la mujer…
siempre Madre… siempre dadora de vida.

No puede ser ella la que lleve la muerte en su seno
porque en la mujer,
el Padre ha puesto el don sólo reservado a Él
de ser transmisora de vida… sustentadora de los brotes…
génesis y final de todos los cambios.

Hermosa Madre, dicha del más agradecido de los hombres…
sólo por esta vez,
te pido mirarme nuevamente hacia adentro,
profundamente como en los días en que al regresar al hogar…
llevabas mi cabeza a tu hombro
y susurrabas en mi oído la palabra Shalom.

Eso era suficiente para que mi espíritu se aquietara
y mi corazón se sintiera en casa.

Hazlo otra vez para mí… y susurra tiernamente en tu oración
esta mágica palabra…
para aquietar un poco el temor de los hombres.

Y para recordarles
que siempre que se invoque tu nombre…
estarán en casa.

Te ama eternamente…
infinitamente…
regocijado para siempre en tu Luz.

Tu hijo,

Emmanuel

No hay culpas.

Hay circunstancias.

José Narosky

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